lunes, 18 de junio de 2007

Un teléfono con secretos....

Acabo de colgarte el teléfono llorando y no sé por qué. Esta vez no me has gritado, no me has insultado y, curiosamente, no me has restregado por la cara que tú trabajas más que yo.
Acabo de colgarte el teléfono y desde hace unos segundos me siento bien, quizá por aquello de que hoy he sido yo la que te ha insultado, la que te ha gritado y la que te ha restregado que no eres tan omnipotente como imaginas. Sólo eres un hombre, y nada más.
Cierro mi mente ante cualquier mínimo atisbo de cariño hacia que pudiera regresar a ella e intento que mi corazón haga lo propio, lo curioso es que aunque no puedo, noto que te quiero menos, o eso creo.
Cuando nos conocimos yo era la alumna número uno de la promoción, allá por 3º de carrera, dónde quedará ya eso! Tú eras el chico tímido al que le costaba aprobar y que yo ni siquiera había caído en que existía, no por soberbia ni prepotencia, no, simplemente porque no teníamos el mismo grupo de amigos.
Un día decidiste acercarte, en una de las tantas prácticas de laboratorio que nos tocó compartir ese año. Me caíste muy bien, sobre todo, porque tu intención no era ganarte mi confianza para que te prestara apuntes, no, tu interés era conocerme; cosa rara.
Sea como fuere, el tiempo fue pasando y nuestros ratos de charlas y discusiones acerca de todo y nada se prolongaron durante meses. Y así nacieron mis problemas, así empecé a quererte, así empecé a odiarte.
Nos licenciamos a la vez y nos casamos meses después, teniendo yo la firme convicción de que tú eras mi príncipe azul y yo era sumamente afortunada por haberte encontrado. Mentira.
El tiempo pasó y te volviste rancio, inaccesible, estricto, rígido, intolerante, deleznable. Yo creí que se te pasaría pues todo comenzó con tu despido.
Al cabo de un mes, cuando yo salía de casa en dirección al aeropuerto para dar una conferencia en Zurich te abalanzaste sobre mí y me golpeaste. Llamé al hospital y mandaron una ambulancia, tenía varias hemorragias y estaba aturdida. Desapareciste dos semanas, cuando regresaste venías con un trabajo en un brazo y un par de hostias para mí en el otro por no haber dado aquella conferencia con la que hubiera ingresado una sustancial suma de dinero en nuestra cuenta.
Poco a poco te ibas pareciendo más al chico de la facultad que conocí. No podía dejar de pensar en esas dos veces que me habías pegado.
Cada vez que hacíamos el amor me arañabas, me golpeabas y me mordías de tal manera que en dos o tres días no pudiera salir de casa por tanta señal, te volviste salvaje. Cuando esas marcas desaparecían volvíamos a hacerlo y volvías a marcarme, me convertí en un objeto de tu pertenencia y tenía que saberlo todo el mundo. Obviamente llegó el punto en el que temía que me besaras por primera vez y llegué a negarme, pero me violaste, de la manera más cruel que pudiste, haciéndome tanto daño que me paralizaste.
Aquella pequeña tregua que me concediste en la que todo volvía a la "normalidad" fue un engaño para que no me marchara. De eso hará ya un par de años.
Te amaba tanto que tenía miedo y vergüenza de salir de mi casa y que me viera la gente y me preguntara, tú ibas diciendo por ahí que no salía porque estaba acabando una investigación en el pequeño laboratorio que habíamos montado en el sótano, todo el mundo te creía pues siempre me pasé la vida entre buretas y pipetas, más bien sola, más bien trabajando.
Mi laboratorio me seguía pagando rigurosamente, pero ya no me convocaba para dar conferencias pues había dejado de ser la número uno en lo mío para ser simplemente una muy buena investigadora.
Hoy, después de tanto tantísimo tiempo, te he vencido a y me he vencido a mí misma, y me siento todopoderosa, porque me he dado cuenta de que no me habías anulado del todo y algo de mi irreverente yo quedaba, algo de esa chica fuerte que algún día fui y hoy he recuperado.

Ojalá mueras pronto, sin haber sufrido nada de lo que yo sufrí pero teniendo que haber vivido con la sensación de que te he vencido.



Touché. He ganado.

No hay comentarios: