martes, 25 de septiembre de 2007

Cuando la única solución es escribir

Hace tiempo que vive con ganas de llorar. Se siente impotente y poco a poco va percibiendo como su rendición ante la vida se va aproximando peligrosamente. El psiquiatra, las píldoras para dormir, las pastillas que deberían frenar su ansiedad, el yoga... ¿De qué le va a servir tanto hipotético remedio si aquello que pretende adormecer sigue empeñado en despertar? Puede seguir distrayendo sus impulsos soñadores, apaciguando sus ilusiones, pero, ¿cuánto tiempo podrá resistir? Su vida se le aparece como un oscuro callejón sin salida. En su valoración de sus posesiones se repite una y otra vez que no le falta nada, pero aquel instinto de supervivencia que nace en la fuente donde las emociones quieren emerger continúa afirmando que le falta todo. Su matrimonio no se parece en nada a lo que era, a lo que debería ser, a lo que ella siempre imaginó que sería. El diálogo que mantiene con su marido marca su línea de profundidad en la superficialidad de las cosas cotidianas. Él también parece desconcertado, asustado, y ella tiene la sensación de que cada día busca más sentirse protegido y seguro en su trabajo. Incluso diría que alguna vez ha buscado la despreocupación con pequeñas aventurillas sexuales con alguna compañera de su empresa. Pero solo diría, porque ahora mismo, aunque quisiera saber, no se atreve a preguntar. De momento prefiere contentarse con aquellos aperitivos, aquellos apretujones de tetas que de vez en cuando despiertan un apasionado acto sexual que, aunque sigue conllevando el extasiado goce, cada vez se asemeja menos a aquel añorado hacer el amor que en el relleno de su cuerpo sabía rellenar también su espíritu. Sus hijos tampoco parece que salgan ilesos del desequilibrio que en su madre aflora tan claramente. Perdidos en el miedo de la inseguridad se muestran inquietos, nerviosos, agresivos...

A veces piensa que han establecido una celosa lucha por tener prioridad en la posesión de aquello que creen inalcanzable. El amor maternal es inmenso, eso no se puede poner en duda, pero su palpable tristeza y su sensible nerviosismo quizás lo convierte en menos sentido, en algo que con la borrosa niebla de una crisis de autoestima se va volviendo lejano y ansiosamente inalcanzable. Hoy se siente especialmente aturdida. Le cuesta levantarse de la cama. Su marido marchó hace rato a comprar el diario y los niños siguen durmiendo. Hoy es fiesta y puede holgazanear tanto como le apetezca. Aunque debería empezar a preparar los desayunos decide dar otra oportunidad al tiempo perdido. Por la noche tuvo un sueño y no puede recordarlo. Pero fuera cual fuere, le ha dejado una apacible sensación. Siente ganas de meditar y se siente empujada a hacer algo en ella poco común. Quiere escribir. No sabe qué pero necesita escribir. En la mesita de noche, recuerda, hay una vieja libreta... Sí, allí está. ¿Habrá también algún lápiz? Sí... Y entonces ella, echada aún en su cama, decide gastar su pereza en aquello que le está apeteciendo muy mucho... Y escribe...



Miquel Beltrán i Carreté

3 comentarios:

Tere Vilas dijo...

Este texto es la pera limonera. Me encanta.

¡¡Te veo ya!!

tQ*

¡Bicos!

Unknown dijo...

No lo había leído. Espero saber como estás vale? me preocupas.

besotes

N-a-s-a

Anónimo dijo...

Cuando peor estoy, es cuando mejor escribo.

La mejor solución es escribir.

Besos cocholate.

Pd: Como haces para poner lo de las "recetas" en los comentarios ??