El cielo de Madrid
Por eso, en aquellos años, Suso fue tan importante para mí. Al contrario que el resto de los amigos, Suso tenía ideas propias y las llevaba a la práctica con todas las consecuencias. En eso era coherente consigo mismo y con los demás. En eso y en su forma de entender las relaciones, que para él eran lo más importante. El amor se pasa, decía; la amistad, no. Por eso, cuando la dispersión del grupo empezó y cada uno tomó su rumbo en Madrid o fuera de ella, según las aspiraciones y sueños de cada cual, Suso la interpretó como una traición a él y se separó de todos, convencido de que era inútil esperar nada de la gente.
De mí tardó en hacerlo más tiempo. Aun a pesar de algún desencuentro y de las discusiones a las que acostumbrábamos (sobre todo a raíz de aquello), de mí tardó en alejarse, aunque terminaría haciéndolo también. Sutilmente en un principio y luego ya abiertamente, cuando Rosa se fue también de casa y nos quedamos solos en ella, junto con Eva. Que quizá era lo que Suso más temía: enfrentarse a la evidencia de que las cosas habían cambiado y de que aquel grupo de amigos, antaño tan numeroso, se había reducido ya a un triángulo amoroso y amistoso del que, lo quisiera o no, él era la parte débil . Un triángulo amoroso y amistoso que era todo lo que quedaba de aquellos años que tanto él como yo nos resistíamos a dar por finalizados.
Pero se habían acabado, a nuestro pesar. Lo demostraba la desbandada que en torno a nosotros se producía (como cuando, a la llegada del invierno, las aves buscan cobijo a solas o por parejas, en lugares más calientes y seguros) y lo demostraba el hecho de que Suso contemplara aquel fenómeno como si fuera una claudicación. Una claudicación ideológica que, aunque esperada, lo entristecía y en la que terminó incluyéndome cuando, a raíz de quedarnos solos, se dio cuenta de repente de que mi relación con Eva era más fuerte ya que nuestra amistad. Por eso, se alejó también de mí, aunque siguiera viviendo en casa aún bastante tiempo, y por eso dejó de aparecer por los lugares donde sabía que yo estaría, comenzando por El Limbo, que era como su segunda casa. Pero lo que yo no esperaba (y me resistía a aceptar aún, pese a que todo lo indicaba así) es que tampoco fuera a venir esa noche, sabiendo, como sabía, que al día siguiente yo me marchaba. Es decir: sabiendo que aquella noche era la última de nuestra juventud.
Julio Llamazares
2 comentarios:
suso siempre ha sido un buen amigo para todos, snif snif, a ver si quedo con el algun dia
Gran libro... uno de los libros que me han gustado más.
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