De haberlo sabido
Y Quique dijo:
De haberlo sabido
no hubiera dado todo en un principio
no hubiera sido la noche en tu espalda
ni congelándote de frío.
De haberlo sabido
me hubiera ido sin decirte nada
no hubiera sido tan duro contigo
no hubiera habido corazón en la garganta
Peor que el olvido
fue frenar las ganas de verte otra vez
peor que el olvido
fue volverte a ver
Me sobran Motivos
pero me faltas tú sobre la cama
y ahora que las calles están llenas de bandidos
cuando necesito de tu madrugada
cuando ya te has ido
cuando me parte en dos de una tajada
no hubiera dudado en quedarme contigo
de haber sabido que no me esperabas
Peor que el olvido
fue frenar las ganas de verte otra vez
peor que el olvido fue volverte a ver.
Quique González
De haberlo sabido
no hubiera dado todo en un principio
no hubiera sido la noche en tu espalda
ni congelándote de frío.
De haberlo sabido
me hubiera ido sin decirte nada
no hubiera sido tan duro contigo
no hubiera habido corazón en la garganta
Peor que el olvido
fue frenar las ganas de verte otra vez
peor que el olvido
fue volverte a ver
Me sobran Motivos
pero me faltas tú sobre la cama
y ahora que las calles están llenas de bandidos
cuando necesito de tu madrugada
cuando ya te has ido
cuando me parte en dos de una tajada
no hubiera dudado en quedarme contigo
de haber sabido que no me esperabas
Peor que el olvido
fue frenar las ganas de verte otra vez
peor que el olvido fue volverte a ver.
Quique González
2 comentarios:
Temazo :)
ALMAS DE SILICONA
(Cibernovela para leer con clinex y escuchando “Te tomaré una foto” de Tiziano Ferro)
Parte I
Todos los hombres felices se parecen entre si, pero cada hombre infeliz tiene un modo particular de sentirse desgraciado. Nunca lamenté no ser igual a ningún otro, ni siquiera cuando Eva me dijo: “Eres demasiado extraño”. Desde entonces las ausencias se hicieron más notorias, las excusas más frecuentes. No volví a verla… hasta aquella tarde soleada en que, desde el balcón de mi casa, la vi pasear caminando de la mano de Jesús. “Pobre Jesús”, solía decir con su voz ligeramente empalagosa, “es pusilánime, dócil, demasiado discreto, aburrido y sin carisma, es todo lo que detesto en un hombre, sólo le encuentro guapo”.
Supongo que fue mi tendencia natural a complicarme la vida lo que me empujó a intentar comprender las razones de aquel repentino cambio. Ojalá nunca lo hubiese hecho.
Parte II
Algún demonio debió posarse sobre mi hombro, porque una mañana, sin motivo aparente, llamé a Eva. Quedamos por la tarde en el Saboy; a las seis. Llegó con retraso, como siempre, y tuve que esperarla hasta las seis y veinte. Nuestro saludo fue tan frío que si introdujésemos en un baso las palabras podrían helar durante horas el alaska que bebía a pequeños pero atropellados sorbos. Juzgué que estaba hermosa, más hermosa que nunca… y se lo dije. Miraba el reloj constantemente, y me di cuenta que ya no llevaba el que yo le había regalado. “Me muero Eva”, le dije, “Tal vez podría morirme mañana mismo”. Su silencio me pareció el eco infinito de mi propio fracaso. No sé cuanto tiempo pasamos sin decirnos nada, sin mirarnos, con la vista perdida en cualquier mancha de óxido de aquella horrorosa mesa de mármol blanco, triste y apropiada metáfora de una lápida.
Parte III
Se levantó repentinamente. Sujeté su mano y volví a sentir por un momento la sublime condición de su dulzura, suave como la seda fresca de una camisa recién planchada. “¿No piensas decirme nada?”, pregunté sacando las fuerzas para articular la voz casi del mismísimo escroto. Me observó con esa mirada tan suya, mitad desprecio mitad lástima, y quise en ese instante volver a besarla como cuando en las noches de primavera nos quedábamos despiertos viendo amanecer en el jardín de su casa, a orillas de la piscina, junto al tendal que su madre llenaba de ropa cada tarde. “Si no fueses tan extraño”, me dijo mientras se marchaba. Vi como se alejaba a toda prisa, con aquel paso imponente que parecía hacer temblar las calles y supe que no escucharía de sus labios un te quiero ni siquiera por compasión. Entonces fue cuando empecé a sentir, al principio tenue, para poco a poco ir creciendo hasta ser insoportable, el dolor que me consume como las gigantescas llamas de lo más profundo del infierno.
Publicar un comentario