Tú
Cuando estás, cuando hablas tan cerca de mí que mis intenciones se confunden con tus gestos, me sobran motivos para creer en algo que no sé si viene siendo un credo o se confunde con una ilusión simple y llana. Y vuelvo a frenar las ganas.
Es como si asentases mi irrefrenable ansiedad, calma, todo se envuelve en un misterioso halo de tranquilidad y paciencia. Gracias, gracias por ser la noche que abriga mi sueño, el llanto que acompaña mi felicidad y la razón por la que sonrío. Otra vez más.
Te vas y tengo la extraña sensación de que cada vez tu destino está más lejos, espero equivocarme.
Llévame a ver salir el sol, acompáñame a estar sola en medio de la arena de una playa perdida, ven a susurrarme al oído con gritos cargados de silencio que te da igual dónde estemos porque conmigo cada lugar es único, miénteme y dímelo.
Dime todas esas cosas que nadie me ha dicho, repíteme aquellas que no me han quedado claras, cuéntame que la luna no brilla menos que ayer, que son mis penas las que empañan su visión, eso es.
Quítame la ropa mirándome a los ojos, hazme sentir bien, tú que puedes. Bésame el cuello y acaríciame la espalda, ámame.
Enreda mi pelo en tus dedos, roza con tus labios mis mejillas y róbame una sonrisa. Sabes cómo hacerlo.
Te regalé canciones y palabras, sentimientos encontrados en voces ajenas y puños extraños, sabios, muy sabios. ¿Serías capaz de regalarme una canción? De dedicarme un verso, de ser aquel que dirija mi barco, naveguemos. Cerremos los ojos para ver, una vez más cierra los ojos.
Te estremeces y necesito abrazarte, te quiero y eso no lo imagina nadie, sabes? Hoy sólo soy un conjunto de frases y lágrimas... porque aunque tú no lo sepas, mientras mi cama se queja de tu ausencia yo invento mareas, tripulo barcos y sueño con encender con tus besos el mar de tus labios.
(Tomo prestadas al maestro Quique González algunas frases, será que por primera vez me encuentro en su "Rompeolas"... ya te entiendo Quique, ya te entiedo maestro).

2 comentarios:
Me acuerdo que la primera vez que escuché "El Rompeolas" lo hice pensando que sería un cover de Loquillo & Trogloditas y menuda decepción...yo no se por qué me identifico más con la del Loco, igual es por lo de "Cuando el rock and roll conquistó mi corazón..."
Besos, maja ;)
RUNAWAY HORSES
(Cibernovelawesterm crepuscular para crear afición a Yukio Mishima)
Arrojó la última taza del amargo café sobre el fuego, esparció los rescoldos con la punta de sus botas y se puso de nuevo en marcha, quedaba un largo camino por delante. Llevaba días cabalgando de noche, así era más difícil perseguir su rastro, y en mitad de aquel desierto silencioso sólo le acompañaba el cansino trotar de su caballo y el aullido doloroso de los coyotes.
Gustaba de cabalgar sólo, alejado de las rutas de paso convencionales, para dedicar el tiempo en exclusiva a sus pensamientos, sin esforzarse en la penosa labor, para él, de escuchar las historias que los demás le contaban.
Estaba más allá de la mitad del camino pero sabía, por que lo había recorrido ya infinidad de veces, que precisamente era el tramo más difícil el que restaba.
La noche, como todas en el desierto, era fría, pero a él no parecía importarle. Se encontraba cómodo en aquel ambiente hostil, mucho menos agresivo, según creía, que el tumulto de hombres desbocados en busca de la efímera felicidad que proporciona un vaso de dañino licor en cualquier saloom.
Hubo un tiempo, ya lejano, en el que también se convirtió en esclavo de lo que hoy consideraba vulgaridad, y aunque se lo negase a sí mismo, era un hecho indestructible que muchas horas las pasaba completas imaginando como sería hoy su vida si no hubiese huido de aquellos ojos verdes.
Apretó con fuerza los talones contra el vientre del caballo y el efecto de las espuelas sobre la piel del animal hizo que este acelerase el paso hasta llegar al galope en pocos segundos. Protegido por un polvoriento pañuelo rojizo evitaba el molesto efecto del viento mezclado con la arena del desierto sobre su rostro. Un nuevo golpe de talón… un nuevo esfuerzo equino, un mayor reguero de polvo a su paso… la metáfora perfecta de su estado de ánimo: un alma huyendo en mitad de la espesa oscuridad y sin luz alguna en el horizonte.
Cuando se huye de uno mismo, pensó, ninguna distancia es suficiente. Lejos era una palabra tan relativa, tan intangible, como olvido, sobre todo cuando hay una parte de ti que se niega, obstinadamente, a hacer desaparecer de la memoria el rastro más profundo del daño recibido.
Como si de un centauro se tratase, animal y hombre galopaban desbocados en dirección a un gigantesco precipicio. El reto estaba en superarlo con un inmenso y arriesgado salto en el vacío. Aparentemente poseído por un humano temor, el caballo quiso rehusar el salto en el último instante, pero la salvaje sacudida de las espuelas le impidió detenerse y el instinto, animal, le obligó a acelerar de modo absoluto el ya velocísimo tranco que traía.
Volaron, y para no caer tuvo que sujetarse con fuerza a las crines de la montura a la vez que a las correas. Fue plenamente consciente que no superarían esa grieta y, en los breves segundos que separaron ese instante del impacto de ambos con las rocas del fondo del desfiladero, vio la memoria refrescarse con el paso fugaz de todos y cada uno de los acontecimientos de su insustancial existencia. El uno aún tuvo aliento para un último y desgarrador relincho, el otro sintió como si se licuase por dentro…
… Sobresaltado, empapado en sudor y con el rostro desencajado, despertó. Era la cuarta vez esa semana que tenía la misma pesadilla. Miró a su lado, y vio la espalda desnuda de Natalia cubierta con su larga melena acastañada. En el plató todos querían llevársela a la cama, pero sólo él lo había conseguido. No sabía a ciencia cierta como llegara a su casa, pero recordó que horas antes la había poseído, con salvaje estilo, por su retaguardia, subido a ella y agarrando con fuerza, incluso excesiva, su pelo.
Recordaba sus estruendosos gemidos, y el palpitar estremecido de su cuello respondiendo a cada mordisco. Recordó el ritmo acompasado de cada embestida, la perfecta sinfonía de cada sístole, de cada diástole… y entonces comprendió que tras esa metafórica galopada debería de llegar el vuelo en el vacío y la caída al fondo del abismo.
Natalia ya estaba despierta, y al verlo en aquel estado, tal vez asustada, no pudo menos que preguntar: “¿Qué te pasa?”, y él, aunque ella no lo creyese, más sincero que nunca sólo pudo responderle: “Nada”.
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