jueves, 10 de abril de 2008

A tí


Esta noche tu regazo guardará mis pesadillas y mis sueños, acógeme.
Te ruego me perdones todo aquello que hice y no debí llevar a término, así te presento mis súplicas.
Cuando tus palabras me tranquilicen con tu magnánima bondad seré libre de pecado, culpable de felicidad e indómita soñadora, yo prometo.

A tí a quien recurro cuando nada me queda, cuando nadie me rodea, te pido que hoy me enseñes a ser fuerte, como tú lo fuiste, como yo quiero ser, tienes toda mi fe.
Sé que tus manos me acariciarían de esa manera tan especial en que sólo tú sabías hacerlo, eras único, mi recuerdo.
Sola en esta selva, echo de menos tu voz, diciéndome con dulcura y de manera firme que en el miedo siempre hay algo de lo que podemos aprender, algo nuevo y distinto, pero que no me fiase, pues había que desterrarlo, ya que nos imposibilitaba para hacer otras cosas. Escucha mi plegaria.

Hoy, me postro ante tí como lo hacía cuando niña: callada, pues así me entiendes mejor y no agolpo mis peticiones en palabras que no recogen todo lo que te quiero decir. Escúchame una vez más, apiádate de mí y dime qué lección debo aprender mañana para evitarme sufrimiento, óyeme.

En tu lecho de muerte sé que leíste una de las cartas que te escribí, una de esas que te mandé con la firme esperanza de que te curaran. Mi fuerza estaba contigo y no fue suficiente, nunca me lo perdonaré, aún no siendo yo la que te causara el mal.

Te imploro clemencia, a tí que significas el todo haya o no algo más. Sé que desde el principio fuiste consciente de que eres la única creencia que mantengo desde mi nacimiento y que mantendré hasta mi muerte, pase lo que pase a lo largo de mi vida.
Hazme sentir bien, como lo haces cada día.

Te echo de menos.

Te quiero, abuelo.




No hay comentarios: